domingo, 11 de diciembre de 2016

Reverencial

Cortita y al pie. Una delicia. Una pincelada cuasi artística ofreció la Selección Argentina al golear por 4 a 0 a Estados Unidos y así acceder, por tercera vez consecutiva en dos años, a la final de un torneo. Este parece ser el momento. Este parece ser el instante justo. La hora señalada. Parece… Todo parece tan lindo, tan bello… Pero muchas veces pareció y el sueño quedó trunco… Pero hoy parece más que nunca que una postergada y merecida consagración está, ahora sí, más cerca que hace… ¡23 años en Guayaquil! Ojalá que en esta ocasión pueda serlo…

Hay una canción popular evangélica que reza en su estribillo algo así como “cada cosa en la vida tiene su justo lugar, cada cosa tiene un tiempo para hacerse realidad”. Y encaja justo con esta generación de futbolistas que desde 2014 viene logrando y captando elogios y merecimientos para alcanzar la tan ansiada gloria deportiva. Porque evangelizan con fútbol. Predican el buen juego. Pero siempre falta un paso, el decisivo, el más trascendente, porque, de lo contrario, será un nuevo fracaso, principalmente para la prensa. Y creo que a esta altura ya también lo será para la mayoría de la gente.

Es que contemplar a la Selección dirigida por Tata Martino como lo hizo anoche en Houston, en un estadio imponente, con aire acondicionado y techo rebatible, donde cerca de 70 mil personas fueron testigos de otra función sublime de Lionel Messi y compañía, la obra de arte se lució en su máxima expresión. Con ese poema de tiro libre que se coló en el ángulo superior izquierdo del arco americano, justo ahí, con esa precisión quirúrgica que sólo los iluminados como el rosarino pueden concretarlo. El arquero no dio más que un paso hacia su derecho cuando el crack argentino advirtió ese quiebre y tomó la determinación de impactar la pelota hacia ese lado. La parábola que dibujó el balón fue tan repentino y fugaz que pareció teledirigida.

Una producción colectiva sin fisuras. Alto rendimiento en la presión, en la elaboración y en la ejecución. Una efectividad implacable. El ideal que pretende el entrenador. Una celebración con récords incluidos: el delantero del Barcelona se convirtió, con 55 goles, en el histórico artillero de la Albiceleste superando a Gabriel Batistuta (54). La ecuación cierra perfecto. El mejor del mundo hace años se transformó en el mayor artillero...

Ahora será el turno de esperar al ganador de Chile – Colombia que, según Martino en conferencia de prensa, “hay que ver si estamos a la altura, de pasar Chile, Selección a la que yo vengo elogiando hace ocho años, que presiona y elabora juego mejor que nosotros”. Frontal y generoso como siempre el técnico rosarino a la hora de realizar un análisis de lo que vendrá.

Pinceladas de talento y clase desplegaron los artistas argentinos en el césped del NYG. Si hasta un fanático de La Pulga ingresó al campo de juego, durante el entretiempo, y le hizo una reverencia. Se rindió ante sus mágicos pies. Messi le acarició la cabeza casi en un gesto fraternal, tomó el fibrón que le dio el hincha y le firmó la camiseta. Ojalá que también haya firmado una vuelta olímpica que, con certeza, ellos anhelan más que ningún mortal. Y porque hambre les sobra. Aunque anoche todos terminamos pipones después de un banquete de alto vuelo.-

lunes, 1 de febrero de 2016

Los niños bonsái

Por Pablo Tano

No es un cuento chino. Tampoco una novela del premiado Mo Yan (Nobel de Literatura en 2012, autor de Sorgo Rojo y Las baladas del ajo, entre otras obras). Ni siquiera un guión del gran cineasta Ang Lee (director del laureado film El Tigre y el Dragón) o de Zhang Yimou (Sorgo Rojo y Hero). Pero podría serlo. La historia tiene todas las aristas para adaptarla a diferentes formatos audiovisuales. Por desgracia, claro. Pero existe, aunque duela. Y negar la realidad es desconocer la cultura milenaria de un país. Y en China, ocurren maltratos a niños que, acosados por sus padres, dejan de ser chicos con sueños de sociabilizar para convertirse en máquinas acrobáticas o niños bonsái.

Tienen tan sólo entre 5 y 9 años. Pueblan los Centros de Alto Rendimiento Deportivos en Beijing. Uno de ellos es la escuela de gimnasia de la ciudad de Shichahai, la parte vieja de la capital, donde el lago lleva su nombre y los lugares históricos seducen a cientos de miles de turistas. Allí, en ese contexto, los entrenadores usan varas para imponer el rigor y la exigencia en el caso de que algunos declinen en el esfuerzo del intento por ser los mejores medallistas olímpicos.

Camino a Beijing 2008, este crudo y polémico escenario para lograr competir con los Estados Unidos –para los chinos, el único campo donde se los puede superar o igualar- fue una postal diaria para la cual el gobierno comunista invirtió mucho dinero con la finalidad de convertir al país en una gran potencia del deporte.


"Ganar la gloria para la patria”, “Haz a los soldados fuertes, alimenta al caballo. Cuando llegue la hora de la guerra, la victoria estará asegurada”, son algunas de las leyendas que decoraban y decoran las paredes de los gimnasios para que ningún seleccionador las olvidara y ni se le ocurriera ser benévolo en el sacrificio y la tenacidad periódica que debían inculcar a los niños. La disciplina llevada a su máxima expresión.

“Cada estudiante es escogido teniendo en cuenta la calidad de sus cuerpos, las medidas de sus músculos y su capacidad de crecimiento. También estudiamos a sus padres. Si estos son demasiado altos o demasiado bajos, sus hijos no son admitidos”, cuenta Li Yuan, uno de los responsables de la escuela donde el Gobierno chino preparó y prepara a cientos de potenciales campeones.

Los entrenadores deciden a qué deporte se dedicará cada una de las pequeñas promesas: artes marciales, gimnasia, bádminton, voleibol, levantamiento de peso y tenis de mesa. Padres llegados desde todos los rincones del país traen a sus hijos hasta aquí con la certeza de que durante los próximos 10 años apenas podrán estar con ellos más de una vez a la semana. "Es el precio por ver a tu hijo entre los mejores y quizás ganando una medalla olímpica algún día", dice convencido el señor Chen, cuya hija lleva tres años internada en el centro. "Cuando salga de aquí será toda una mujer", añade.


  La rutina de entrenamiento comienza a las 5 de la mañana. No hay tiempo para los juegos o la diversión. Realizan su ejercicio media hora después y toman el desayuno antes de irse a estudiar matemáticas, ciencias e historia hasta el mediodía. Entre la una y las seis entrenan sin un minuto de descanso. Cinco horas de práctica intensa. Un maltrato hasta para el cuerpo de un adulto. Seis veces a la semana se repite el trabajo. El domingo es el único día libre para estar con sus padres. Un régimen militar.

En China hay otras diez escuelas similares a las de Shichahai que no se destacan por su gran infraestructura, pero sí por una buena alimentación, impensada para el resto de la sociedad china. Para evitar la distracción, el ambiente es monótono como un día gris y plomizo. Como una cárcel u hospital.

Hasta el extremo

El caso de una niña maratonista de sólo ocho años, que corrió 3550 kilómetros en menos de dos meses, durante 55 días, generó mucha polémica en el país, pero como su padre fue uno de los impulsores, el plan estratégico no fue interrumpido. “Hago que el entrenamiento sea divertido para ella. No la obligo. Le encanta correr, mucha gente no nos entiende. Tanto si la gente se opone como si no, seguiremos adelante”, se defendía ante las críticas su papá, Zhang Jianmin.

La exigencia de su padre fue tal que la madre de la nena llegó a pedirle el divorcio por la manera en que presionaba a su hija e inculcaba entrenar desde los tres años. El propio progenitor reconoció que castigaba físicamente “de forma esporádica” a la pequeña con el argumento de que “los niños a veces requieren autodisciplina”.

El niño como medalla. El niño como trofeo. El niño como mercancía. El niño como carnada. El niño como símbolo de ser la única oportunidad para progresar. El niño como objeto de salvación económica para que sea el “número uno” en cualquier campo. En el país comunista las pensiones son tan bajas que los jubilados dependen de los ingresos de sus descendientes para sobrevivir. Y aquel que logra la tan obsesiva y complicada presea olímpica contará con un futuro mejor y, quizás, no volverá a trabajar en zonas rurales con su familia. Como si eso fuera un pecado. Romper con la tradición. Se ve que para la sociedad que ahora abraza el capitalismo, las ambiciones apuntan para ese norte.

Ya quedó en el pasado Beijing 2008. Y China logró su meta de superar a Estados Unidos en el medallero con 51 preseas doradas contra 36 (en gimnasia obtuvo 9 doradas sobre 14 posibles). En Londres la cosecha fue pobre porque la siembra no llegó a su pico de eficiencia. Ahora es el momento de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Y tal vez, algunos de esos pequeños gimnastas que comenzaron su aislamiento hace más de 10 años y les “robaron” parte de su infancia por el sueño ambicioso y egoísta de unos pocos adultos, se abracen a la gloria en Brasil. Para ellos, esos pequeños corazones exigidos, esos diminutos músculos sobreestirados y esos recargados pulmones, quizás representen un instante de alivio y de comenzar una nueva vida. Para otros, el camino será desolador y frustrante.-